Nueva entrada de Florent para la sección “Reflexiones de un padre ecologista”.
De pequeña, mi hija solía llamar “Felicienta” a la Cenicienta. Durante mucho tiempo, estuve corrigiéndole una y otra vez sin ningún éxito. Hasta que un día me dí cuenta que quizás, de forma inconsciente, involuntaria o

Felicienta, por Hormiga Verde
meramente casual, me quería transmitir algún mensaje más profundo. En vez de ver como mucho/as en esta pobre muchacha la C de cenizas, ella veía otra cosa: la F de Felicidad. En vez de ver a un sujeto pasivo a ras de suelo, como se suelen presentar la mayoría de las princesas de los cuentos ortodoxos, ella le daba una vuelta inesperada de 180 grados —desde esta intrigante y rebelde inocencia de lxs niñxs— para entregarle de nuevo su dignidad y hacer de ella un sujeto activo en búsqueda de algo que nadie le podría arrebatar: la felicidad.
Sin duda, allí daba mi hija en la clave de muchas reflexiones teóricas y prácticas de los últimos años en la llamada “ecología política” o demás movimientos decrecentistas o de transición. Tras dos siglos desarrollistas dedicados a convertir a las personas en autómatas programados en pro del bien de la megamáquina industrial, nuevos vientos de emancipación están soplando. Necesitamos reencontrarnos como personas y como comunidades, recuperar nuestra capacidad de decisión desde abajo para decidir por qué y para qué producimos, consumimos y trabajamos. En este marco la F, la de Felicienta, es primordial y central en la definición de esta nueva prosperidad entendida como nuestra capacidad de ser felices dentro de los límites ecológicos del Planeta.
De estas extrapolaciones previas, yo saco unos cuantos ejes educativos para mis hijas que llamo “la felicidad consciente y responsable”:
- La felicidad pasa a ser un elemento central de la educación tanto teórica como práctica del día a día. La Felicidad, entendida como “satisfacción, gusto, contento” o más allá en sus orígenes latinas como fertilidad y fecundidad, es una pieza clave del equilibrio psíquico del conjunto de la familia y de cada uno/a de sus miembros. ¿Cuántas veces han reído hoy mis hijas? ¿Cuántas veces me he reído yo, solo o con ellas? ¿Les ves, te ves “fértil” a nivel de ideas, energía, creatividad, autoestima, respeto hacia los demás? Eso sí, en cualquier caso tiene que ser una “felicidad consciente y responsable”, es decir que alcance sus objetivos teniendo conciencia de la consecuencia de nuestros “actos felices” sobre los demás (vivan donde vivan, hoy o en el futuro), sobre la naturaleza y el resto de seres vivos. Nuestra felicidad termina donde empieza la de los demás…
- Eso no significa educar en la falsa creencia, que algunos llaman el “felicismo”, de que todo irá mejor mañana gracias al progreso inexorable de una humanidad invencible. Al contrario, debemos advertir a nuestras generaciones futuras que un futuro mejor no está asegurado, que incluso son posibles retrocesos importantes debido a la crisis social y ecológica, la crisis de civilización. Además, si queremos un futuro mejor donde la “felicidad sostenible” sea un aspecto clave de la prosperidad humana, es porque habremos luchado personal y colectivamente para que así sea (lo que significa a su vez transmitir desde edades tempranas las luchas históricas de nuestro/as antepasado/as). La “felicidad consciente y responsable” no es una felicidad beata, acrítica y determinista; igual que lo fue en el ’68 y en el movimiento 15M, es una felicidad altamente combativa, rebelde y proactiva.
- Además quien dice felicidad no dice ausencia de dolor, de tristeza, de bajones, de decepciones… Educar en felicidad, es también educar en conocer y comprender sus miedos, sus ánimos espirituales. El valor de la felicidad se entiende mucho mejor conociendo el valor opuesto. Por tanto, no se trata de huir en ningún momento de los llantos, de las lágrimas sino acompañarlos, entenderlos y ofrecer herramientas para aceptarlos, superarlos y convertirlos en energía positiva.
- Y por supuesto, significa ¡más escucha! (es decir no ver la C donde dice F, sino la F donde dice F). No estemos constantemente rectificando a nuestrxs hijxs por sus desviaciones lingüísticas y conceptuales. Su imaginación y su “inventividad” —como los neologismos que utilizan y que rozan el límite de lo que consideramos normal y correcto— son una subversión constante al orden establecido y una puerta hacia nuevos mundos que los adultos, desde nuestros marcos sociales (por definición limitados), tendríamos que saber aprovechar.


Queridos lectores y queridas lectoras, en estos inicios de 2012, tengo que confesarles dos cosas:












