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Nueva entrada de Florent para la sección “Reflexiones de un padre ecologista”.

De pequeña, mi hija solía llamar “Felicienta” a la Cenicienta. Durante mucho tiempo, estuve corrigiéndole una y otra vez sin ningún éxito. Hasta que un día me dí cuenta que quizás, de forma inconsciente, involuntaria o

Felicienta, por Hormiga Verde

Felicienta, por Hormiga Verde


meramente casual, me quería transmitir algún mensaje más profundo. En vez de ver como mucho/as en esta pobre muchacha la C de cenizas, ella veía otra cosa: la F de Felicidad. En vez de ver a un sujeto pasivo a ras de suelo, como se suelen presentar la mayoría de las princesas de los cuentos ortodoxos, ella le daba una vuelta inesperada de 180 grados —desde esta intrigante y rebelde inocencia de lxs niñxs— para entregarle de nuevo su dignidad y hacer de ella un sujeto activo en búsqueda de algo que nadie le podría arrebatar: la felicidad.

Sin duda, allí daba mi hija en la clave de muchas reflexiones teóricas y prácticas de los últimos años en la llamada “ecología política” o demás movimientos decrecentistas o de transición. Tras dos siglos desarrollistas dedicados a convertir a las personas en autómatas programados en pro del bien de la megamáquina industrial, nuevos vientos de emancipación están soplando. Necesitamos reencontrarnos como personas y como comunidades, recuperar nuestra capacidad de decisión desde abajo para decidir por qué y para qué producimos, consumimos y trabajamos. En este marco la F, la de Felicienta, es primordial y central en la definición de esta nueva prosperidad entendida como nuestra capacidad de ser felices dentro de los límites ecológicos del Planeta.

De estas extrapolaciones previas, yo saco unos cuantos ejes educativos para mis hijas que llamo “la felicidad consciente y responsable”:

- La felicidad pasa a ser un elemento central de la educación tanto teórica como práctica del día a día. La Felicidad, entendida como “satisfacción, gusto, contento” o más allá en sus orígenes latinas como fertilidad y fecundidad, es una pieza clave del equilibrio psíquico del conjunto de la familia y de cada uno/a de sus miembros. ¿Cuántas veces han reído hoy mis hijas? ¿Cuántas veces me he reído yo, solo o con ellas? ¿Les ves, te ves “fértil” a nivel de ideas, energía, creatividad, autoestima, respeto hacia los demás? Eso sí, en cualquier caso tiene que ser una “felicidad consciente y responsable”, es decir que alcance sus objetivos teniendo conciencia de la consecuencia de nuestros “actos felices” sobre los demás (vivan donde vivan, hoy o en el futuro), sobre la naturaleza y el resto de seres vivos. Nuestra felicidad termina donde empieza la de los demás…

- Eso no significa educar en la falsa creencia, que algunos llaman el “felicismo”, de que todo irá mejor mañana gracias al progreso inexorable de una humanidad invencible. Al contrario, debemos advertir a nuestras generaciones futuras que un futuro mejor no está asegurado, que incluso son posibles retrocesos importantes debido a la crisis social y ecológica, la crisis de civilización. Además, si queremos un futuro mejor donde la “felicidad sostenible” sea un aspecto clave de la prosperidad humana, es porque habremos luchado personal y colectivamente para que así sea (lo que significa a su vez transmitir desde edades tempranas las luchas históricas de nuestro/as antepasado/as). La “felicidad consciente y responsable” no es una felicidad beata, acrítica y determinista; igual que lo fue en el ’68 y en el movimiento 15M, es una felicidad altamente combativa, rebelde y proactiva.

- Además quien dice felicidad no dice ausencia de dolor, de tristeza, de bajones, de decepciones… Educar en felicidad, es también educar en conocer y comprender sus miedos, sus ánimos espirituales. El valor de la felicidad se entiende mucho mejor conociendo el valor opuesto. Por tanto, no se trata de huir en ningún momento de los llantos, de las lágrimas sino acompañarlos, entenderlos y ofrecer herramientas para aceptarlos, superarlos y convertirlos en energía positiva.

- Y por supuesto, significa ¡más escucha! (es decir no ver la C donde dice F, sino la F donde dice F). No estemos constantemente rectificando a nuestrxs hijxs por sus desviaciones lingüísticas y conceptuales. Su imaginación y su “inventividad” —como los neologismos que utilizan y que rozan el límite de lo que consideramos normal y correcto— son una subversión constante al orden establecido y una puerta hacia nuevos mundos que los adultos, desde nuestros marcos sociales (por definición limitados), tendríamos que saber aprovechar.

¿Te apuntas a la felicidad consciente y responsable?

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Nueva entrada de Florent para la sección “Reflexiones de un padre ecologista”.

Cuando cuento que nuestras dos hijas nacieron en casa, la gente me suele susurrar con compasión cariñosa o, a veces, con el más profundo pésame: ¡qué valientes!

Si atendemos la definición de “valentía”, vemos que se trata de una “acción material o inmaterial esforzada y vigorosa que parece exceder a las fuerzas naturales”, siendo al mismo tiempo un “hecho o hazaña heroica ejecutada con valor”. Analicemos pues nuestra supuesta valentía bajo estas premisas del lenguaje.

Nacimiento, por Hormiga Verde

Nacimiento, por Hormiga Verde

Primero, reconozco que el parto es una acción material e inmaterial que necesita esfuerzo y vigor. Requiere un intenso trabajo físico para la madre, incluso a veces un poquito para el padre, y una alta adrelina e intensidad psicológica compartida dentro la pareja. Dure poco o mucho el parto, todos nuestros músculos y sentidos participan de forma muy concentrada en este “hecho”. Pero sobre todo, esta acción material e inmaterial se hace independientemente del lugar donde se realiza, por lo cual, bajo este prisma, ya sea en casa o en el hospital, todos los partos son igual de valientes.

Ahora bien, ¿será el parto en casa una “hazaña heroica”? ¿Se convierten las parturientas caseras en heroínas de una epopeya épica? Aunque es cierto que para la mayoría de las parejas su parto tiene algo de divino, no me siento particularmente tocado por la gracia de los dioses del Olimpo. Fuimos atendidos por dos seres humanos (llamados en el Planeta Tierra matronas), formados en escuelas muy humanas y además, lo hicimos dentro de un hogar con todas las comodidades de un país del Norte (nada de hazañas en pesebres como algún antepasado famoso). Ni tampoco tuvimos que realizar proezas fuera de lo común para alcanzar, estresados, cargados de bultos y apurados, el hospital una vez iniciado el parto o tener que exponernos en un lugar impersonal, con una persona llamado ginecólogo/a al que nunca habíamos conocido ni siquiera en vidas anteriores. Sin duda, me parece heroico poner este momento único que es la llegada de uno/a hijo/a en manos de desconocidxs y de una institución que por inercia considera a las parturientas y sus parejas como pacientes pasivas y dóciles.

Bueno, pues si no es tan heroico como parecía y más bien al revés, ¿será que excede el parto en casa a las fuerzas naturales? Apuntemos que si fuera cierto, la especie humana se hubiera extinguido desde hace tiempos inmemorables. Sin embargo, olvidemos este detalle histórico, y centrémonos en algunas prácticas corrientes de un parto en las clínicas y hospitales españoles. Uso desmedido de oxitocina para provocar el parto, episiotomías no necesarias, posiciones tumbadas que dificultan el parto para madre y bebé, prohibición para la madre de ingerir alimentos y bebidas, alto nivel de césareas, y un largo etcétera de intervenciones artificiales que desde luego exceden a las fuerzas naturales (compañero hombre, ponte en el lugar de la parturienta y visiona este cortometraje). Visto de esta manera, una vez más, el parto en casa, que pone más importancia en la relación humana y requiere poco artificio medicalizado (menos en caso de emergencia, obviamente, para eso sirven los progresos de la medicina moderna y los hospitales), es un acto menos valiente —y tan seguro— que si se hubiera llevado a cabo en una institución ultratecnologizada.

Sin duda, atendiendo las definiciones lingüísticas, parir en el hospital es un acto muy valiente, aunque de esto no saquéis la conclusión equivocada de que lxs que parimos en casa somos cobardes :) Solo pido para nosotrxs un poco de consideración hacia otras formas de vivir el parto, más respetuosas y personalizadas, donde las personas parturientas nos empoderamos y ganamos en autonomía para decidir dónde, con quién y cómo queremos parir. Personalmente, haber podido vivir ambos nacimientos en mi hábitat natural, sin miradas indiscretas, con total seguridad y bien rodeados de profesionales conocidxs, y, sobre todo, en el segundo parto que hubiera podido estar presente con total normalidad mi hija mayor, es uno de los regalos más emocionantes de mi paternidad.

Y vosotrxs, ¿cómo lo hacéis?

PD: ah, se me olvidaba [modo reivindicación on] también pedimos que el parto en casa sea reembolsado por fondos públicos al igual que se hace en Holanda. De hecho, un parto en casa cuesta mucho menos que un parto en el hospital, o sea es una buena medida anticrisis! [modo reivindicación off]

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Nueva entrada de Florent para la sección “Reflexiones de un padre ecologista”.
Máscara Africana, por Hormiga Verde

Máscara Africana, por Hormiga Verde

Existe un mito africano que presenta las relaciones entre Blancos y Negros como el diálogo de dos máscaras. La máscara del Blanco tiene orejas muy pequeñas y una enorme boca. La máscara del Negro tiene una boca pequeña y grandes orejas. El Blanco es quién lo sabe todo y quiere dar lecciones a todxs los demás, pero no sabe escuchar. En cambio el Negro, ya sea por imposición o por sabiduría, sabe escuchar pero su palabra no entra en las orejas pequeñas. Personalmente, quiero que mi prole no caiga en el error de la prepotencia de la máscara blanca que hoy nos ha llevado al borde del colapso ecológico y de la recesión social, y que al mismo tiempo sepa abrir su mente a otras realidades y visiones del mundo como las que proceden de la máscara negra. Para ello, dejo aquí mis apuestas educativas, válidas todo el año y no solo en Carnaval!

Una educación horizontal hacia la emancipación: Para no reproducir estratificaciones sociales jerarquizadizas y verticales que son el germen de las desigualdades entre máscaras blancas y negras, la educación emancipadora debe apostar por la horizontalidad como “apertura hacia el prójimo, asumida por el individuo y las estructuras sociales” (Santos, 2006). Esta horizontalidad es la actitud mental imprescindible para el diálogo auténtico (véanse las enseñanzas de Paulo Freire), que a su vez abrirá las puertas al surgimiento de individuos autónomos y libres capaces de cooperar de forma voluntaria y en igualdad de condiciones. En el ámbito familiar, supone transformar el hogar en una ágora permanente donde la quimera de la autoridad y la imposición parental —y pasividad o supuesta inferioridad de lo/as niño/s– deja lugar a la deliberación y la decisión colectiva.

Una educación para la resolución pacífica de los conflictos: En coherencia con el punto anterior, las formas de proceder en el seno familiar —es decir su actitud que la definirá y le dará credibilidad en el día a día ante los ojos de sus hijos/as y del resto de la sociedad— deberían tener siempre la no violencia (física, psicológica, etc.) como camino y como meta. Así que, obviamente, no se puede resolver conflictos con nuestro/as hijo/as desde la metodología de la bofetada, del grito o del castigo. Al revés: como lo propone Isabelle Filliozat (2001), hay tres palabras claves que deberían guiarnos para superar los conflictos nacientes, por ejemplo, ante rabietas o desacuerdos latentes: el respeto, la escucha activa y la empatía.

Una educación en verde: según el psicólogo Theodore Roszak, los movimientos ecologistas no conseguirán salvar el planeta sin un profundo cambio en el corazón y la mente de las personas. Si queremos luchar contra el “inconsciente ecológico” que nos obliga a asumir que la Tierra está hecha para ser dominada, necesitamos una “ecopedagogía”. Heike Freire comenta que esta filosfía educativa trabaja como un/a buen/a jardinero/a: respeta y confía en los ritmos naturales de desarrollo del niño/a y en su capacidad natural de aprendizaje (2011). Animada por valores de dignidad y respeto, y desde la convicción de que la infancia tiene tanto que aportarnos como nosotros a ella, transmite un profundo sentido de conexión con la vida y contacto con el mundo no humano para crecer saludablemente a nivel corporal, emocional, social, intelectual y espritual. Añado que, ante la crisis energética y alimentaria que va a ir in crescendo estos años, me parece una necesidad básica que mis hijas sepan, entre otras cosas, cultivar y sobre todo aumentar su nivel de autonomía y autosuficiencia.

En la práctica, ¿qué supone este bonito paquete?

Primero, a nivel de organización familiar, ha supuesto en nuestra familia, entre otros muchos ejemplos, la creación paulatina de un “consejo familiar” donde las personas en edad de hablar tienen voz y voto en pie de igualdad. Utilizamos también técnicas de escucha activa como el “cumplido descriptivo” (por ejemplo si tu hija te enseña un dibujo, en vez de responderle un mecánico “muy bien”, describes lo que ves, lo que te supone prestarle de verdad atención) o de resolución de conflictos como la realización conjunta p(m)adre-hija de un listado de problemas y soluciones ante un desencuentro persistente (algo como un DAFO simplificado, véase Faber y Mazlish, 1997). Por otro lado, estamos en proceso de intentar adaptar nuestro modo de vida a un ritmo que conviene más a las niñas: a pesar de que nos cuesta, sabemos que muchos problemas vienen derivados de las prisas que nos imponemos o nos impone el ritmo acelerado de la sociedad moderna. Recientemente hemos empezado también a ir en familia a una huerta ecológica, urbana y comunitaria para que nuestras hijas fortalezcan su vínculo con la naturaleza.

Segundo –ya que, seamos sinceros, a veces nuestros instintos animales (o humanos) nos empujan a la bofetada— personalmente y si fuera posible, recomiendo en momentos de tensión máxima lo siguiente:

  • Pasar el testigo a su pareja u otra persona del entorno.
  • Aislarse en cualquier habitación de la casa y sacar la cólera o rabia interna (gritando, golpeando un cojín, etc.).
  • Según el grado de enojo y nuesta capacidad de autocontención, ser tajante sin alzar la voz.
  • Expresar con claridad nuestras emociones a nuestra prole hablando en primera persona.
  • Pensar que si hemos llegado hasta este punto, es muy probable que algo tengamos que ver (somos corresponsables).
  • Mirar las manos de su hija y ver cuánto chiquitinas son en comparación con las nuestras (truco de una comadre de mi pareja).

Y vosotrxs, ¿cómo lo hacéis?

Referencias:
- Filliozat, I. (2001): El mundo emocional del niño, Comprender su lenguaje, sus risas y sus penas, Ediciones Oniro.
- Freire, H. (2011): Educar en verde. Ideas para acercar a niños y niñas a la naturaleza, Editorial Graó de Irif
- Santos, M (2006): “De la verticalidad a la horizontalidad, reflexiones para una educación emancipadora”, Revista de ciencias sociales y humanidades, enero-marzo 2006.
- Faber, A, Mazlish, E. (1997): Cómo hablar para que sus hijos le escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen, Ediciones Medici, Barcelona.

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Nueva entrega de Florent en la sección “Reflexiones de un padre ecologista“.

Queridos lectores y queridas lectoras, en estos inicios de 2012, tengo que confesarles dos cosas:

- Practicamos el colecho en casa con nuestras dos hijas (o sea, estamos 4 en la cama).

- Con mi pareja, practicamos actividades íntimas, que pueden derivar -según los casos y las ganas- en lo que comúnmente algunas personas llaman sexo.

Esta confesión, para nada avergonzada, ha dado pie en numerosas conversaciones mías con personas cercanas a una pregunta recurrente: puesto que ambas actividades suelen coincidir en el tiempo, ¿cómo se puede combinar la intimidad de la pareja con el dormir todas en una misma cama?

Como este post no tiene como objetivo alabar los beneficios del colecho, me centraré en contestar brevemente a la aparente incómoda pregunta.

Primero, una vez que se ha asumido el colecho como la mejor forma de acompañar a sus hijas en sus primeros años de vida, es básico pensar en las condiciones materiales que nos permiten hacerlo realidad. Dicho de otra manera, el colecho no se puede llevar a cabo de forma poca práctica: no se trata de dormir como lonchas de jamón entre rebanadas de pan. Siempre y cuando se lo permita la disposición y superficie de su habitación, escojan una cama grande que puedan luego ampliar si es menester por sus lados con cunas, camitas, camas o camotas tipo sidecar. Cada familia encontrará su manera con el fin de poder dormir bien todos y todas y, en el marco de este escrito, para posibles futuros acercamientos reservados a los adultos.

Segundo y tras años de experiencia empírica, el mayor impedimento a estos acercamientos programados o no, no es tanto el colecho sino más bien el cansancio. El cansancio es el primer enemigo de la sensualidad y sexualidad para los padres y madres cansadas física y psicológicamente después de un día de conciliación familiar, profesional o, en mi caso, activista. Que quede claro: cuando duermen las nenas y una vez disfrutado el poco tiempo restante para cenar y atender asuntos pendientes, la cama tiene un objetivo primordial: descansar para poder afrontar el día siguiente, que se anuncia tan apasionante como el que se cierra.

Tercero, a pesar del cansancio y si la alquimia dentro la pareja supera cualquier barrera, ¿permite el colecho algo de intimidad a la hora de la verdad? Si sus hijos tienen un sueño de plomo, o simplemente duermen como un “bebé”, desde luego, mi respuesta es sí. No les despertará ni una sierra mecánica, así que no tienen nada que temer: sus actividades nocturnas tampoco les despertarán. Otra cosa es que se sientan incómodos compartiendo flujos y sensaciones delante de la “mirada” (aunque cerrada) de su prole, o simplemente ante la posibilidad de que, en el peor de los casos, se pudieran despertar y pillarles. En este caso, todo tiene solución: simplemente cambien de espacio y descubran la riqueza de su casa. Comedor, baño, cocina, o cualquier lugar fuera de la “posible mirada”. Además incluso puede resultar exótico…

Cuarto, por supuesto, la noche no es el único momento para “acercar posturas” entre partes adultas contratantes. Si bien es cierto que en las parejas con poca ayuda externa la noche sigue siendo el refugio íntimo, la mayoría de las parejas cuentan con suficientes apoyos como para tener tiempo a solas. De forma más genérica con o sin estos apoyos, es importante ir generando y liberando de una manera u otra tiempo libre para actividades de pareja. Por supuesto, estas actividades no se limitan a una fusión sensual (por ejemplo, yo echo algo de menos ir al cine) pero allá cada cual!

Bueno, y ustedes, ¿cómo lo hacen?

PD: Y ¿en el rock’n roll en todo esto? Cierto, poco tiene que ver, solo que me gusta y que le da vidilla al título :)

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Nueva entrega de Florent para nuestra sección “Reflexiones de un padre ecologista“. Disfrutadla y no dejéis de contarnos vuestra experiencia!

Cada vez que vuelven las fiestas navideñas y de año nuevo, seguro que en el seno de muchas familias con una crianza consciente y transformadora se abre de forma recurrente el debate en torno a sus principales figuras: Papá Noel y Reyes Magos.

Desde un punto de vista ecologista, el significado histórico, económico y social de Papá Noel es sencillamente el de una figura de la globalización mercantil y una neo-divinidad consumista.

Como padre, tengo que admitir que me es más complicado transmitir esta visión a la práctica diaria. Sobre todo cuando, a la hora de la verdad, mi hija mayor -de apenas 4 años- me viene con su sonrisa entusiasmada y cargada de emoción tras escuchar en el cole (o por los mensajes publicitarios variopintos en la calle o medios de comunicación) que es hora de pedir a Papá Noel o los Reyes Magos sus regalos navideños. No son pocas las dudas que me asaltan: ¿le sigo el juego? ¿le digo la verdad? ¿busco una tercera vía?

Personalmente, estoy bastante de acuerdo con el análisis del psicólogo Stéphane Barbery sobre Papá Noel que describo a continuación. Al ser francés, se centra ante todo en Papá Noel y nada en los reyes magos puesto que allí juegan un papel segundario. A pesar de esto, creo que se pueden extrapolar estas grandes orientaciones también a los héroes de la epifanía.

Primero, la creencia en Papá Noel es una mentira, es decir según la Real Academia Española: una “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”. Por mucho que sea una mentira emocionante y benigna, ¿cómo educar a mis hij@s en torno al respeto a la verdad si en los primeros años de su vida les repito de forma compulsiva una y otra vez una mentira gorda? Una vez se enteren del engaño, ¿qué valor darán a la palabra de los adultos en general y de sus p(m)adres en particular? La mentira no es compatible con la finalidad de la educación que yo pretendo dar a mis hijas: la autonomía de l@s niñ@s basada en el respeto y la confianza en la palabra dada.

Por otro lado, la creencia (pagana) en Papá Noel no es una elección, sino una imposición social. Los individuos que decidimos no ser partícipes de este gran engaño socialmente organizado nos vemos obligados, so pena de que nos acusen de provocar trastornos en nuestr@s hij@s, a callarnos o a fingir. Así, acostumbramos a nuestr@s hij@s a pedir bienes materiales a una mano invisible externa y le iniciamos de esta manera en una estructura social basada en el (hiper)consumo y el tener. Papá Noel actúa para los y las niñas a la vez como opio y como zanahoria: “cuidado, que si no eres bueno, no tendrás regalo” (tal y como se explica en la interesante página hassidobueno.org). Dicho de otra manera, Gran Hermano te vigila…

Pero, ¿no estaremos privando a l@s niñ@s de la ilusión, tan importante durante la infancia? No lo creo, ya que veo cómo mi hija se ilusiona en sus mundos de fantasía sabiendo perfectamente que son cosas “que no existen de verdad”, como ella misma nos advierte. Además, nosotr@s mism@s, incluso adultos, somos capaces de ilusionarnos por la llegada de la Navidad, sus luces, la puesta en escena de la entrega de los regalos…

Y me preguntaréis, con razón: muy bonitas tus reflexionas pero al final ¿qué le has dicho a tu hija? Cada cual encontrará su táctica y estrategia personal/familiar en base a sus propias creencias y reflexiones. Por mi parte, utilizo la experiencia de “Marijaia”, la efigie de las fiestas de Bilbao que a final de la “Semana Grande” queman en la Ría. Cuando vio Selena este ritual por primera vez, le dio algo de susto: papi, ¿no habrán quemado una persona viva? “Non, mon bébé, Marijaia es un disfraz que vuelven a construir cada año”. Lo cual me ha permitido introducir la misma idea, en absoluto revolucionaria, para Papá Noel: es un disfraz. Además le añado que cualquier persona que regale en navidades algo a otra persona, sin condiciones previas (por ejemplo el “haber sido bueno”), es el Papá Noel de aquella persona. Así, entre otras cosas, no miento, no juego al Gran Hermano, no me callo y tampoco le quito la posibilidad de participar activamente y con ilusión en esta fiesta.

Ahora bien, está convencida de que quién da vida a este disfraz es principalmente su abuelo paterno por su edad y su barriga. Eso sí, sed discretos para que no se entere su abuelo :)

Y vosotr@s, ¿qué les decís a vuestr@s hij@s?

PD: hagáis lo que hagáis, a la hora de los regalos, os recomiendo esta campaña de Jóvenes Verdes para unas Navidades Verdes dentro de la campaña “El Otro regalo“.

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Papá canguroComo primer post de la nueva sección “Reflexiones de un padre ecologista“, recupero este artículo que escribió Florent hace unos años para Red Canguro.

“Mientras escribo estas líneas, tengo a Selena durmiendo encima de mí en un mei-tai. La cabeza apoyada en mí, la nariz soplando contra mi pecho, una manita tocando mi perilla, la otra bailando en el vacío después de haber soltado mi suéter… Al mismo tiempo, me llega este olor a leche de bebín y este calor suave que le arropa. Aunque a mucha gente le podría parecer más cómodo dejar a su hij@ dormir en una cuna, carrito u otro artefacto moderno, yo lo tengo clarísimo: no hay nada más agradable, inspirador y tranquilizador que tener a su propia hija descansando en su pecho.

De hecho, me recuerda a una película francesa donde l@s habitantes de una civilización avanzada y que viven según los preceptos ecológicos necesitan abrazar a un bebé durante una noche entera para recargar su energía vital. No sé si se tratará de un cuento de hadas, pero a mi me ha hecho pensar que esta película se inspira en siglos de experiencia de portabebés: el flujo de energía de la criatura hacia su padre es algo real, una sensación y un desarrollo de los sentidos que disfruto cada día más y que para nada cambiaría por un cochecito o silla, incluso de última generación. No solo cuando está durmiendo la peque se perciben estas sensaciones -que me evocan el lado irracional e instintivo que tod@s llevamos en nosotr@s- sino en cualquier momento: de paseo, de compras o de descanso; tanto Selena como yo gozamos de esta cercanía e interactuación constante en la vida diaria.

Además, al igual que me pareció lógico desde el principio que Selena naciera en casa y no en el hospital, nunca nos he imaginado con un carrito, sino más bien con algo distinto… El primer paso lo dí comprando en México, donde vivía entonces, dos bandoleras tradicionales que las indígenas utilizan para llevar a sus bebés. Todavía no eramos padres, pero fue uno de los recuerdos que quise llevar a casa de vuelta. Con las explicaciones de la vendedora, que me hizo una demostración de cómo montar a un hijo, me pareció lo más natural del mundo. Sin embargo, la práctica es un pelín más complicada y, mientras algunos pueblos lo llevan en su cultura y transmiten de generación y generación el arte de llevar a sus hij@s, en una región del mundo como la nuestra, donde portar bebés no es la regla, sino la excepción, no sólo hace falta tener la herramienta, sino también una buena formación.

Y aquí mi suerte es haber tenido a Lara. Mientras algunos, como yo, tenemos tendencia a teorizar con bastante facilidad, a veces nos falta la paciencia o el don de llevar estas teorías a la práctica. Aquí, sin duda la amatxu fue el eslabón imprescindible para hacer realidad la teoría. De la torpeza de los primeros días a la maestría de una instructora, sólo les habrá costado a madre e hija unos pocos meses para que dominaran una gran variedad de portabebés y pasaran a enseñarlo a otras padres, madres y recién nacid@s. Reconozco que no me sé tantos anudados ni técnicas como las dos mujeres de nuestra casa, pero, eso sí, me sé lo suficiente para poder andar a gusto con una Selena despierta, dormida, tranquila, con ganas de marcha, de paseo, descanso, etc. Ambos sabemos lo suficiente para ir descubriendo con complicidad las pequeñas cosas de la vida.”

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Por una paternidad consciente y transformadora: reflexiones de un padre ecologista

¡Estrenamos nueva sección en Bebés y Especias!

“Reflexiones de un padre ecologista” es una tribuna que estrenamos hoy en el blog Bebés y Especias en la que se hablará de la crianza con apego y ecológica desde el punto de vista de un padre. Para ello colabora con el blog Florent Marcellesi, papá comprometido desde 2007 y militante ecologista (os invito a visitar su Blog de un activista e investigador ecologista). Y mi compañero por los cambiantes y sorprendentes caminos de la vida.

¿Por qué una sección dedicada a la paternidad en un blog sobre maternidad?

Este es un blog principalmente sobre maternidad, de madres y para madres. Pero nos hemos ido dando cuenta de que los padres, que ya se implican plenamente en la crianza de sus hijas e hijos, también están faltos de recursos que les orienten y apoyen.

Hablamos de la importancia de los círculos de mujeres y de las redes de apoyo para las madres, y por ello buscamos y fomentamos esos nuevos espacios y también creamos foros, blogs y comunidades virtuales para suplir la falta de estos espacios físicos. Aún queda tanto por hacer… Las madres ya no tenemos tribu y nos sentimos solas en nuestra maternidad, y más solas aún si optamos por un estilo de crianza aún minoritario y demasiado a menudo estigmatizado por nuestro entorno.

Pero los padres tienen aún menos tribu, ni tampoco disponen de espacios físicos ni virtuales donde compartir su experiencia de la paternidad. Tampoco tienen modelos en la historia que les ayuden a encontrar cómo hacerlo. Y es que los padres empiezan a jugar un papel único en la historia, reemplazando de alguna manera la antigua tribu de las madres pero desde una nueva perspectiva que no se ha dado hasta ahora. Los nuevos padres quieren, necesitan, deben estar presentes durante la gestación de sus hijas e hijos, en el parto, en todas las fases de la crianza. Desean acompañar a la madre en esta aventura pero también quieren tener su propio papel que jugar.

Aún hay pocos espacios donde los propios padres hablen a otros padres y este rinconcito pretende ser nuestro granito de arena. Florent nos hablará también de paternidad como ecologista, ya que intenta aplicar sus ideas en el día a día. ¿Lo consigue? Que nos lo cuente…

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